La historia de Arthur Jones

Este caballero, tan admirado por mí como desconocido para vosotros, vivía en los bajos de un antiguo templo (seguramente una iglesia protestante) a los que se accedian desde un pequeño pero cuidado jardín situado a un par de minutos a pie de la legendaria estación ferroviaria londinense de Waterloo; todas sus pertenencias eran ganas de vivir, unas mantas y su casa, es decir, el mundo.

Como cabría esperar en este tipo de historias, don Arthur se autoproclamó ora jardinero, ora mediador de gentes, ora gestor de actividades del transformado centro cultural -el templo-. Era una persona que hacía todo lo que hacía simplemente por lo demás; cuidaba el jardín porque amaba que la gente amara su jardín; proponía actividades culturales en el templo porque detestaba que la gente no tuviera actividades que hacer. Ese era Arthur ( no puedo asegurar que aún l
o sea; de esto hace dos años, y el frío londinense no perdona ni a las mejores personas).

Solía comer en este jardín a diario, pues estaba a caballo entre waterloo, donde tomaba el metro, y mi escuela de inglés. Mejor dicho, solíamos comer. Mi chica y yo.


Aquel día de agosto era un día radiante, soleado, de esos que no suelen ser asiduos en Londres. Estábamos sentados en un banco cuando de repente un vagabundo con ganas de hablar se nos hacerca (Arthur). Mi cabeza ya había puesto en funcionamiento todo ese ejército de prejuicios que salen al campo de batalla cada vez que se nos presenta algo -o alguien- desconocido, y por tanto pense:

_Joder!!! Ya tenemos a otro pobre vagabundo borracho dándome el coñazo......

Sin dejarnos ni decirle buenos días, Arthur comienzó a contarnos su historia; como dueño y jardinero, amaba especialmente que dos personas enamoradas -como era nuestro caso- se refugiaran en su lugar.
Nos contó cómo vivía, cómo vivía dentro de su casa -recuerda que ésta es el mundo-, en fin, nos contó todas esas cosas que son necesarias para formar la idiosincrasia de un hombre; por supuesto que nos invitó a una meritoria exposición de poesía que había en el templo -a la que fuimos gustosamente unos días después-.
Resultó ser hispano -lamentablemente no recuerdo el país-, lo que facilitó sobremanera nuestra comunicación, y cuyo nombre era Juan Arturo.
Por motu propio decidió que la traducción del nombre debería ser Arthur Jones.

Es evidente que mis prejuicios se esfumaron tan pronto como nuestro personaje dijo unas unas cuantas palabras -siempre he pensado que cualquier ser humano ha de saber captar cuando una situación puede reportarle algo interesante, y sin duda ésta era una de ellas-.

Sólo se trataba de un vagabundo con unas ganas tremendas de vivir y con una catidad ingente de proyectos a realizar.

Muchos de nosotros desearíamos tener la mitad de lo que él tenía. Realmente es una de las pocas personas a las que envidio.

Tras cortejar como es debido a mi bella chica con un sin fín de piropos, se dió media vuelta y comenzó a caminar en lo que parecía el final de nuestro encue
ntro.

Sin embargo, después de dar unos cuantos pasos se volvió a girar, y mirándome fíjamente me dijo con un tono sorprendentemente gratificante y en un correcto castellano:

_Chico, no olvides nunca que la vida puede ser maravillosa! Hasta pronto.

Nada más se volvió a girar no pude más que reparar en lo que había presenciado: un homeless
diciéndome mí, dichoso entre los dichosos -vivo en el primer mundo, que no se me olvida-, que la vida podía ser maravillosa.

Si la paradoja existe, sin duda que este es el caso más paradójico que la explica.

Nunca olvidaré a este menudo hombre, de bigote desaliñado, con ese gorro encontrado vaya usted a saber dónde, y con una sabiduría mucho más grande que la de todas las personas que viven en su casa.

Hasta pronto Arthur.


Espero que tú tampoco lo olvides.


2 comentarios:

Paulina Otero dijo...

Bonita experiencia, gracias por compartirla.

AdAch dijo...

...Paulina

Si no las compartiéramos no servirían de nada. Las historias se inventaron para ser contadas

hasta pronto